El autor repasa citas e instrucciones de grandes autores, entre ellos varios maestros rusos y algunos leoneses, antes de ponerse a la faena

León – 10 NOV 2015 – Redacción

Tiene entre manos un encargo: un cuento para el fanzine Meando Contra Viento, al que titulará: “Vida secreta de los tebeos”. Una vez publicado, el autor siente que su cuento no ha gustado… y quizá confía en que algún lector se atreva a desvelarle los porqués.

 

Por Avelino Fierro

 A Pablo Andrés Escapa

¿De dónde vienen los cuentos? Es fácil imaginar a un grupo de nómadas refugiados en una cueva en el anochecer de un día gris de invierno, alrededor del fuego, y a uno de ellos que cuenta que existen valles verdes con ríos de aguas serenas y frutos maduros en los árboles al alcance de todos, grandes mamíferos domesticados y seres alados benefactores que sirven a un guerrero sabio. Una tierra de ensueño, una vida menos áspera, mejor. Un relato mítico.

Lévi-Strauss considera el mito como un instrumento lógico para superar las antinomias teniendo en cuenta las particularidades del lenguaje primitivo. Y no hay diferencia de principio entre el mito y el cuento.

Si dejamos que un vendaval pase las hojas del calendario, llegamos a alguien que escribe cuentos: es Edgar Allan Poe, y en él estaría ya todo. Eso vino a decir Bolaño, que con Poe nos basta y nos sobra.

Daguerrotipo de Edgar Allan Poe

Daguerrotipo de Edgar Allan Poe

Si quieres escribir un poema tienes antes que apuntarte a una de las dos escuelas, a la de la experiencia o a la del silencio. Si quieres escribir un cuento hay que hacerlo a la manera de Borges o a la de Chéjov. El argentino nos dejó unas particularísimas instrucciones sobre lo que se debe evitar (la enumeración caótica, el antropomorfismo, los personajes susceptibles de convertirse en mitos…). La última de ellas contradictoria y burlona: “Evitar la vanidad, la modestia, la pederastia, la ausencia de pederastia, el suicidio”. En el fondo, Borges nos viene a decir que nos dejemos de tonterías y leamos “Hombre de la esquina rosada” o El Libro de arena.

Leer a los grandes, claro; eso ya lo sabíamos nosotros. Y lo recomendaba Virginia Woolf, y nos pedía comparar lo que nosotros escribimos con lo que ellos escribieron. “Es humillante, pero es esencial”, decía.

Chéjov dejó recomendaciones para escritores en las cartas a su editor, a su hermano, a algunos amigos, a una tal Lidia Avílova…, aunque en carta a Maksim Gorki, de 18 de enero de 1899, se encuentra este extraño texto que no ayuda mucho a entender por qué decide uno ponerse a escribir: “Sus líneas sobre la locomotora, los raíles y la nariz que se da de bruces con el suelo son bastante graciosas, pero injustas. No acaba uno con la nariz rota por escribir mal; al contrario, escribimos porque nos hemos roto la nariz y no tenemos ningún lugar al que ir”.

En carta a Aleksandr Lazarev-Gruzinski, le escribe: “Antes de ponerla en papel, cada frase debe permanecer en la cabeza un par de días, para adquirir cuerpo”. Y a su hermano Aleksandr, el 6 de abril de 1886: “No escribas más de dos cuentos por semana, acórtalos y reelabóralos para que la obra quede bien”. También recomienda omitir lo transitorio, las pullas dirigidas a los críticos y liberales de la época. Siguen pues, nuestros ídolos, guardándose el as en la manga. Sólo nos regalan algunas sugerencias tan genéricas que de poco pueden servirnos.

Chéjov teoriza poco, pero escribe algunos de los mejores cuentos de la historia. Yo me he esforzado en aprender la teoría, pero me salen cuentos planos, de funcionario. Informes forenses. Aunque no olvido queChéjov, en su informe sobre la colonia penitenciaria de la isla de Sajalín, es donde comienza a entender el porqué y los fines de la escritura.

No hace mucho le pedí a Pablo Andrés Escapa consejo sobre cómo escribir un cuento. En una “poética”, que deja anotada en el libro Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual, y que me parece la más razonada y honesta de todas las del volumen, da algunas pistas: compromiso ético, crear un mundo, emocionar, manejo del tiempo y oportunidad de la voz, borradores, empeño en las palabras justas…

Pero estando todo ahí, yo le pedía más. Y me envió copia de una entrevista con lo que faltaba: Coleridge y su teoría sobre la suspensión de la incredulidad, una cita de Horacio Quiroga, nuevos principios rectores: “coherencia y verosimilitud, argumentación y sentido crítico”… Y me remitió a los consejos para cuentistas, de Rafael Dieste, que están en el preámbulo de su libro Los archivos del trasgo. No lo he conseguido todavía y sólo encontré citada una de aquellas recomendaciones, que me pareció hermosa: “El cuento es el remolino que hacen alrededor de una lámpara muchas mariposas, todas sumergidas en la misma luz”. Bonito, poético. Cortázar decía que el cuento es algo muy secreto y replegado en sí mismo, caracol del lenguaje, hermano misterioso de la poesía.

Puede que este verano próximo Pablo Andrés y Antonio Manilla vayan juntos a pescar. Un cuentista y un poeta de los mejores que yo conozco. Si les pidiera ir con ellos a los ríos de Omaña o a la ribera del Esla –sé que andan en esa discusión–, si pudiera ir tras ellos estudiando cómo miran el cielo, escrutan la corriente, o tensan el sedal, ¿aprendería a escribir mejor?

Si eso lo mezclo de nuevo con la teoría, con las tesis de Ricardo Piglia que tanto me gustan ¿podría ser mejor escritor de cuentos? Alguien como yo, bastante dado a las ensoñaciones, pero poco a las fabulaciones ¿podría alejarse un poquito de la realidad, crear una atmósfera a la que vengan a revolotear algunas mariposas?

Hace un mes y pico, Santos me pidió que colaborase en su fanzine de horrísono título. Le dije que sí y pensé en escribir un cuento. Un cuento sobre los tebeos, sobre algunos que había comprado en la tienda de Toutain en la Barcelona de hace muchos años.

Para ello seguí algunos consejos básicos, aunque no lleguen al habitual decálogo.

Partí del consejo de Fitzgerald: “Da lo mismo que escriba sobre algo que pasó ayer o hace veinte años: tengo que partir de una emoción que sienta vivamente y que comprenda”. Y, a la vez, respeté la máxima de H. Quiroga: “No escribas bajo el imperio de la emoción, déjala morir y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirlo tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino”.

Traté de cuidar, de acariciar los detalles, en lo que insiste mucho Nabokov.

Lo escribí en primera persona para que el lector sintiera esa época a través de los ojos, oídos y piel del narrador, sin dejar que otras intervenciones autoriales marcaran cierta distancia con respecto a la narración. Quería que el lector sintiera, viviera aquella época. También consideré –y deseché, por complicaciones técnicas y de espacio– la visión múltiple en primera persona, que utiliza Julio Llamazaresen su última novela Distintas formas de mirar el agua.

Elegí cuidadosamente los personajes: el protagonista que narra la historia; el detective, mi amigo Iñaki Jáuregui –que tenía la manía de escudriñar las bibliotecas y los muebles con bebidas–, mezclando su personaje con el de Manolo Vázquez Montalbán, al que veíamos por aquel entonces haciendo cosas como esa de zamparse una de callos con treinta grados a la sombra. Hay, pues, como pedía Chéjov, veracidad en la pintura de los personajes y de los objetos.

Hay algo también de filosofía moral en la crítica a algunos comportamientos de los políticos de aquella sociedad de la transición democrática, que ya empezaban a ser más negociantes que servidores públicos.

Y, tras finalizar, le hice la prueba del algodón al observar las admoniciones de José Jiménez Lozano cuando, en su libro Una estancia holandesa, al responder a la pregunta de cómo se sabe que se está escribiendo de verdad, contesta: “Le podría decir, como Catherine Mandsfield, que haciendo lo mismo que se hace con una tetera para saber si hay en ella té: se la golpea con el dedo y se comprueba cómo suena: a llena, a medio llena o a vacía. Y en Port-Royal tenían otra medida: cuando se veía o se sentía la realidad tal cual, sin faux brillants, en su desnudez. Es una medida impecable. Como también aquella otra de que habla Pasternak y que se da cuando, después de haber leído algo que hemos escrito, nos encontramos con que nos parece que no es nuestro, que está escrito por ‘otro’, que nosotros seríamos incapaces de escribirlo. Y lo somos realmente. Es algo que se nos regala no sabemos cómo. Se lo debemos a los demás y al mundo entero”.

El escritor José Jiménez Lozano

El escritor José Jiménez Lozano

Pues, al parecer, mi cuento no ha gustado. Tampoco he preguntado mucho. Un amigo empresario, cuando lo leyó, se interesó por los negocios del lúpulo. Una amiga –a la que otros pasajes de este “Querido Diario” han llegado a emocionar– me dijo que bueno, que no estaba mal. Mi mujer –el mejor baremo– sigue dando la callada por respuesta.

Copio a continuación el texto de “Vida secreta de los tebeos”, sabiendo que acabará en el taller de escritura de algún profesor como ejemplo de lo que en ningún caso debe hacerse, de la incapacidad del narrador, del fracaso.

“Aquel verano hizo en Barcelona un calor del carajo. Así nos lo pareció. Bueno, también era la primera vez que estábamos en la ciudad; quizá era el mismo calor pegajoso de todos los veranos. Teníamos todo el tiempo, durante el día, las ventanas cerradas, y de noche las abríamos y a ratos también la puerta para que corriera un poco el aire. Siempre me tocaba a mí levantarme a cerrarla antes de intentar quedarme dormido.

Por las tardes entraba la luz entrecortada a través de las persianas. El ventilador no dejaba de funcionar y las arrugas de la ropa de la cama grande también ayudaban con sus sombras como pequeñas dunas a que en la habitación hubiera siempre una vibración de luces y sombras en blanco y negro. Como destellos fugaces en la oscuridad.

Sobre la mesilla solíamos tener una garrafa pequeña de horchata, que iba cada poco al congelador. Era un cuarto piso sin ascensor en el barrio del Born. De vez en cuando llegaba del patio el maullido de los gatos y un tenue olor a amoníaco.

Había ahorrado algo de la venta de unos dibujos, de las propinas de los tíos y de estar pelando lúpulo un par de semanas, así que pensábamos pasar quince días en la ciudad y luego trataríamos de ir a Ibiza, donde también nos dejaban una habitación en un piso compartido por militares. Era el tiempo del “nosotros”, no del “yo”.

Llevábamos direcciones de librerías, galerías de arte, salas de conciertos y tiendas de cómics. A Iñaki lo conocimos en la barra de un restaurante de Sitges un día que habíamos ido a la playa cogiendo el tren costero. Después de media hora de tostadora, Alma propuso ir a tomar un café para espantar de la cabeza la ginebra asesina de la noche anterior. Se puso un pareo y yo una camisa hortera, de colores hawaianos.

Él, a pesar de que eran las once de la mañana, ya estaba sentado en una de las primeras mesas con una cazuelita de callos y una botella de vino de marca. Le comenté a Alma que lo que engullía aquel hombre, más bien grueso, un poco calvo, con bigotito y ojos inteligentes, nos entonaría más que el café y la bollería, y él nos oyó. Al rato éramos tres a la mesa pidiendo, para comenzar, otra de lo mismo. Nos despedimos tras un par de horas de conversación llena de querencias y fobias comunes, lecturas y canciones, mesas, manteles y utopías. Solo que él era muy culé. Nos dijo que nos enseñaría la ciudad.

Era detective y había dejado una agencia para ponerse por su cuenta en un ático de Vía Laietana, cerca de un edificio de Juzgados y una comisaría. De sus contactos en ambos lugares le salía, nos dijo, una buena clientela. Y se relacionaba con algunos políticos emergentes, mezclados en asuntos de faldas o en tratos con constructores, porque dijo que la ciudad iba a pegar con la democracia un estirón que no iba a reconocerla ni su madre, creo que la frase fue que iba a perder las ingles, su carácter dual de putas y solemnidad.

Nos acompañó de farra un par de noches. La segunda acabamos en el Boadas. Se rió cuando le dije que a ver dónde nos hacíamos con una de callos para la mañana siguiente. Dijo que él, posiblemente, se prepararía un generoso martini a la vieja usanza, con ginebra seca y vermut francés, Noilly Prat.

Nos escribimos algunas navidades. Tenía gustos clásicos, amaba los boleros; era descreído y sentimental. Pasó un tiempo sin tener noticias suyas, pero ya al final de los noventa nos llegó a casa un paquete con el remite de la dirección de su despacho. Eran unos cómics que habíamos comprado en una tienda de la Plaza Real. Los habíamos perdido una noche loca, puede que en la misma coctelería donde nos vimos por última vez. Supo que eran nuestros porque entre ellos estaba el ABCDari il-lustrat de Mariscal, editado por Quaderns Crema y que el autor nos había dedicado aquella mañana del 17 de agosto de 1978. En los demás yo había puesto en pequeñito mi nombre en la contraportada; una manía.

Los acompañaba una ficha escrita con su Underwood: “Queridos amigos, vaya manera de volver a tener noticias de vosotros. Hace unos días acompañé a unos polis a un levantamiento de cadáver. Siempre que puedo voy con ellos para olisquear el lugar del crimen; así “hago pituitaria”. Y me gusta curiosear, si los hay, las bibliotecas y el mueble bar. Allí está todo, la radiografía de la vida del muerto. Éste llevaba tiempo tieso. Estaba como una momia, enterito, pero había que cogerlo con pinzas. Se había liofilizado. Fijaos, uno de la pasma estornudó y se le desmoronó un pie. Es como si le hubieran atizado con una microbomba de neutrones. Se decía de él que iba a denunciar un apaño municipal. La biblioteca era un querer y no poder, un burgués del PSUC venido a menos. Y la bebida, un desguace, brandys y rones baratos. Seguid bien. Besos y abrazos”.

No volvimos a tener noticias de él. Dos o tres cartas que le enviamos nos fueron devueltas. Recordé que la última noche había repetido que si pegaba el petardazo con un buen caso le gustaría retirarse a Bangkok, que allí sí se podría poner una camisa hortera como aquella que yo llevaba en Sitges y viviría cerca de una playa desde donde se divisaban las grandes migraciones de pájaros”.