Qué tristeza, ver así los muros de la patria chica. Si en otro tiempo fuertes, ya desmoronados, de la carrera de la edad cansados

León – 4 NOV 2016 – Daniel Ortiz (www.ortizguerrero.com)

Los mejores, hartos de humillaciones o, más bien, de pérdida de tiempo, de caminar en círculos, de chocar una y otra vez contra las cabezas cuadriculadas que no pueden o no quieren ir más allá de donde les alcanza la vista, se marchan. Poco a poco, como el agua de una antigua clepsidra griega, los pocos que merecen la pena, se van de un pueblo en ruinas, de una región despoblada por la insensatez, dejada de la mano de Dios y de los políticos apoltronados, que, seguros de su voto, prefieren financiar autopistas en Cataluña, en Madrid, o en Valencia; olvidándose de recorrer los paupérrimos tejados de la vieja meseta norte, otrora umbilicus mundi.

Y así, con cuenta gotas, va quedando en estos páramos y riberas una oligarquía de mediocres, de imbéciles, de inútiles, que no hacen sino ahogar, no vaya a ser que piensen, a las pocas mentes lúcidas, con capacidad para un último intento de resurrección que quedan en esta tierra sin pulso.

Palomar en ruinas

Palomar en ruinas / Foto de http://epmencia.blogspot.com.es/

Qué se puede esperar de un país donde se derriban -deliberadamente o por dejadez- iglesias con ocho siglos de historia, para levantar inmensas naves de bloques de cemento, que la oligarquía mediocre alabará como un prodigio de la arquitectura cerril de mediados del siglo XX. Qué podemos sacar de mentes que creen adecuado, fundándose en un derecho de propiedad ilimitado, derribar casas de piedra con cuatrocientos años de historia, testigos de lo que fuimos, de lo que fueron nuestros antepasados, para levantar una cochera, o peor, una gochera. Qué tristeza ver como se pierden las cuatro poco vigiladas subvenciones que otorga el poder de la taifa para el mantenimiento de palomares, pajares y edificios con inmenso valor etnográfico; y contemplar como con lenta pero implacable corrosión, el adobe y el tapial pierden su vigor, se derriban impune e irreflexivamente las casas con antigüos corredores leoneses abiertos hacia la calle, en pie desde el siglo XIV.

Cuando esta generación de mediocres haya acabado con todo lo que fuimos, y nos pudramos en un mar de asfalto y cables de cobre, entre Mercedes y Bemeúves, quizá ya no haya nadie que se pregunte de dónde venimos, a dónde vamos, o la más profunda pero importante pregunta: quiénes somos.

Ermita de Santa Catalina, en Cabrera de Almanza

Ermita de Santa Catalina, en Cabrera de Almanza / Foto de rygdepatrimonio.wordpress.com