El escritor coyantino Elías Gorostiaga, pseudónimo literario de Elías Prieto Sáenz de Miera,  publicó a principios de los años ochenta el libro de poemas ‘El castillo de aire’, así como varias obras de teatro

León – 13 ABR 2015 – INT

Ha publicado la antologia de relatos de viaje ‘Nómadas’ y  participado en los libros colectivos Nuevacarta sobre el comercio de libros’ y ‘Generación Subway Vol 1’, ambos publicados en 2014. Actualmente escribe el libro de relatos’Polvo en las fronteras’.

Su último poemario es ‘Tierra de invierno’. Se trata de su segundo poemario, escrito en Barcelona en el verano de 1994. Veinte años después lo pueblica Playa de Ákaba: «En este libro se resumen todos los paisajes que perdí y a los que nunca podré volver». Ahora, estos paisajes son un trabajo de arqueología para poetas.

Elías Gorostiaga poeta

Elías Gorostiaga, poeta / Foto de playadeakaba.com

Sus editores dicen del libro: “El autor de ‘Tierra de invierno’ escribe estos textos poéticos en el verano de 1994. Más de veinte años después Playa de Ákaba recupera su memoria en un trabajo de arqueología y ofrece a sus lectores paisajes, soledad, nidos abandonados por el invierno y una luz de páramo sobre la que ahora nadie escribe. Con ‘Tierra de invierno’, el lector siente frío y se traslada a otra época, otros inviernos cercanos y lejanos, como todo lo que se abandona cuando definitivamente te ecehas al camino”.

El prólogo es obra de Luis Artigue y dice así:

“El primer mundo del poeta Elías Gorostiaga (seudónimo literario de Elías Prieto Sáenz de Miera, 1963, Valencia de Don Juan, León), bien parecido al mío y al tuyo, era un pueblo con tamaño de cuento de Antonio Pereira cuyos atardeceres poseían tonalidades que recordaban al trigo. Un rincón terroso, agreste, con nieve y un Castillo, con lluvia amarilla y abuelas con arrugas hasta en el pelo, y con labradores jóvenes, alguaciles que salen en los poemas de Machado, guardias civiles sin dinero pero con pretensiones, gentes de orgullo plegado a lo municipal y, parece que la estoy viendo, una mujer menuda, delgada, grave y de mirada descreída: una obrera sin orgullo de clase hecha toda ella de pausas e insistencias, de fiestas de guardar no desobedecidas y una ley personal que ponderaba la familia, el trabajo, los recuerdos y los sueños modestos…

En efecto como diciendo sin decirlo que todos los caminos poéticamente arraigados llevan a Claudio Rodríguez, pero esta vez pasan por Julio Llamazares, la poesía de EG, también versos y ortigas, es invernal, cristalina, melancólica, paisajística, esencial y ruralizantemente moderna como toda la que escribe quien regresa a su comienzo; al primer mundo…

Lo particular es lo universal sin contornos.

Así las cosas por este poemario no visionario sino atmosférico, el cual desde la dedicatoria se nos presenta como un homenaje a un mundo en desaparición, que no en retroceso, desfilan personajes tan viejos que son eternos: maestros rurales de Josefina Aldecoa, guardias civiles de don Antonio Machado, esa madre que bien parece un poco la madre de Juan Rulfo, el perro de Juan Perucho, el cartero de Miguel Torga, el frío de Gamoneda y por ahí todo seguido (lo recitaba con talento Félix Grande y viene bien recordarlo a la hora de entender el emotivo impulso que da lugar a este libro: «igual que las vías del tren / son tu cariño y el mío / uno al ladito del otro / to seguío, to seguío»).

¿El costumbrismo regresado de memoria apunta no al pasado sino más bien al infinito?

Hay una arqueología emocional y emocionante en estas páginas testimoniales que, gran propósito, pretenden ser literariamente algo a lo que regresar, y por eso leer esta poesía se parece a convertirse en el arqueólogo que, con cariño selecto, recupera y descifra los restos de un ánfora…