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Pueblos de León: Foncebadón. El punto más alto del Camino de Santiago en León

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Allí donde el Camino de Santiago se dispone a dejar la Maragatería para bajar al Bierzo, Foncebadón surge desde la despoblación que lo llevó a quedarse con dos únicos habitantes y al que El Camino le ha dado una segunda oportunidad

Foncebadón – 20 MAR 2017 – Julio Miguel Soto

Pero el pueblo fue muy importante al abrigo de su situación geográfica en el Camino de Santiago. En el siglo X fue sede de un concilio que reunió a la Iglesia y al Rey, además de contar con un albergue y un hospital de peregrinos fundado por el ermitaño Gaucelmo.

La situación de Foncebadón muy cerca de la cumbre del Monte Irago es extraordinaria y probablemente tengan mucho que ver los conocimientos antiguos de los posibles pobladores celtas sobre las energías telúricas. La sensación que personalmente siento de estar enraizado con la Madre Tierra (Gaia) es completa. El entorno natural es bellísimo y desde la Cruz de Fierro se puede contemplar al sur la Maragatería y la infinita Meseta castellana, al oeste el Teleno, mirando al este los Montes de León y al norte la gran depresión de El Bierzo rodeada por el circo montañoso de los Montes de Galicia.

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En entorno natural es de una sobria belleza, a pesar de los incendios forestales que tanto daño han hecho. La fauna es diversa y en los montes viven corzos, venados, jabalíes, zorros águilas reales, perdices y buitres leonados. Incluso hay lobos, animal mítico en los Montes de León, y cuya población parece que va en aumento desde que no hace muchos años estuviera al borde de la extinción.

Todos estos animales viven en un entorno donde crece el enebro, el abedul, la haya, el roble albar, el pino de repoblación y diversos matorrales como los piornales y la urz.

Subiendo desde Rabanal del Camino, el desnivel a salvar no es mucho, apenas 350 metros, pero lo hacemos desde las alturas de la Meseta, así que el pueblo se encuentra a casi 1500 metros sobre el nivel del mar, (Monte Irago) en plenos Montes de León y muy cerca del Teleno mítico monte donde moraba el romano dios Martilenus. Mayor es el desnivel a salvar desde la parte berciana, 915 metros hasta Molinaseca, al estar El Bierzo en una profunda hoya tectónica.

Aterra pensar en las penalidades que tuvieron que sufrir los peregrinos que durante siglos han caminado por estos montes en pleno invierno a merced de las nevadas, los lobos, los salteadores de caminos, el hambre y las enfermedades. No sé si el alma de tantos peregrinos muertos al cruzar estos montes sigue vagando por ellos, pero me gusta pensar que así es. Y así será por los siglos de los siglos.

Foncebadon

En plena dominación romana y debido a la necesidad de agua para lavar la tierra en las explotaciones auríferas, Sáenz Ridruejo dejó escrito: “Las laderas se cuajan de canales, desde la Cruz de Hierro. Las primeras noticias de Foncebadón aparecen en un documento de 1102 en el que se habla de una donación en el pueblo de Pedredo al ermitaño Gaucelmo. Están recogidos el Arroyo de Trabazos y el de Valdemarcen, llevándose las aguas de aquel a balsas en el propio Foncebadon, hoy en desuso. Ya sea a la entrada de Foncebadón pueblo, o en su cercana Cruz de Fierro, confluyen todos los caminos que pretenden pasar al Bierzo desde los valles del Turienzo o el Duerna.”

Y así fue sobreviviendo Foncebadón al paso de los siglos apoyado en una economía basada en la agricultura, la ganadería y el comercio entre Galicia y la Meseta de la manos de los arrieros maragatos en la que durante siglos fue la única vía de comunicación entre la costa gallega y el interior.

Primero el tren y después la construcción de la carretera por el puerto del Manzanal marcaron el fin de estos pueblos maragatos y de la arrieros, que muchas fortunas creó en una tierra que de por sí es pobre y desagradecida. Una abandono rural que llevó a la rapiña del patrimonio de todos estos pueblos.

Al hilo de esta decadencia del patrimonio de los pueblos abandonados, un buen día aparecieron por Foncebadón, enviados por el obispo de Astorga, dos curas, seis obreros y cuatro guardias civiles con la misión de llevarse las campanas de la iglesia que amenazaba ruina y para evitar un accidente, ya que era Año Jacobeo y eran  muchos los peregrinos que hacían el Camino.

Foncebadon

Cuando el grupo se acercó hasta la iglesia para descolgar las campanas, se encontraron con María, única habitante del pueblo junto a su hijo, que estaba subida al tejado con un palo en la mano y que se negaba a entregarlas. De nada sirvieron los requerimientos de los curas y los guardias civiles, ni de asegurarle a María que las campanas irían directas al Museo de los Camino. María estaba dispuesta a defender las campanas de sus iglesia con la argumentación de que eran el único medio con el que se podría advertir a los pueblos vecinos para pedir ayuda si algún día se declaraba un incendio en Foncebadón, ya que ni teléfono tenía.

María, que era mujer recia y acostumbrada a las penalidades y a la soledad no se dejó convencer con el argumento de que de nada le servirían las campanas para avisar en caso de fuego, pues no tenían badajo que las hiciera tañir.

“Si las campanas no tienen badajo, las haré sonar con el suyo, señor cura” dicen que dijo dirigiéndose a uno de los curas allí presentes.

Así que la expedición decidió dejar el asunto de las campanas para mejor ocasión.

En Foncebadón ya no queda nada de lo que un día le hiciera un pueblo importante. Nada queda del monasterio, de su gran calle principal con 1600 metros de empedrado y cubierta de corredores. Pero desde hace poco más de una década, el pueblo ha vuelto a revivir gracias a ser paso obligado del Camino de Santiago.

Durante ya todo el año, aunque principalmente en meses de buen tiempo, el paso de peregrinos camino de Santiago por el llamado Camino Francés es contínuo. Y así ha visto como se han abierto negocios orientados a satisfacer las necesidades de este nuevo tipo de turistas que son un poco turistas religiosos, un poco turistas culturales y poco turistas a a secas.

Una segunda vida para estos pueblos maragatos tan hechos a la vida dura de una tierra pobre y, la mayoría de las veces, ingrata.

Y para los muy puntillosos. La Maragatería no termina (o empieza) en Foncebadón como casi todos creíamos, sino que lo hace en Manjarín.

Pero de Manjarín, de su hospedería y de Tomás hablaré otro día.

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