El jueves 15 de octubre se presenta en el Café Ristán (el espacio cultural del Hotel Quindós de León), a las ocho de la tarde, un nuevo libro del profesor y escritor Francisco Flecha Andrés, “Educando a Tarzán”

León – 15 OCT 2015 – Eloísa Otero (Tam Tam Press)

En “Educando a Tarzán” se recogen las columnas de opinión de Francisco Flecha publicadas, bajo ese epígrafe, en el periódico leonés La Nueva Crónica, diario surgido en plena crisis económica, tras el cierre de La Crónica de León.

En la presentación el autor estará acompañado por el periodista Fulgencio Fernández y por el profesor Antonio Barreñada.

Durante un año, el profesor Flecha publicó su columna cada domingo (reproducimos bajo estas líneas la primera de ellas, titulada “Declaración de intenciones”), y un tiempo después el editor Héctor Escobar(Eolas Ediciones) le propuso recopilarlas en un libro, el que ahora se presenta, con prólogo al alimón deDavid Rubio (director del periódico) y Fulgencio Fernández (periodista imprescindible en el mismo medio y gran amigo del autor).

Francisco Flecha Andrés

Francisco Flecha Andrés / Foto de Agustín Berrueta

Y como Francisco Flecha publica también en TAM TAM PRESS, desde hace casi un año, un micro-relato quincenal en su sección “Lenta es la luz del amanecer” (todo un homenaje al fallecido y querido escritor villafranquino Antonio Pereira), ilustrado en cada ocasión con una foto de Agustín Berrueta, qué mejor que pedirle al fotógrafo una instantánea del amigo profesor, que nos ha remitido con estas líneas: “Os mando una que no le hace justicia porque, con lo alegre que es él, le pillé muy serio, pero bueno, quizá es que “educando a Tarzán” a veces hay que ponerse serio…”.

Flecha recuerda cómo llegó a esto de “educar a Tarzán”, a partir de un almanaque colgado en las cocinas de su infancia en el que, debajo de cada número del día, aparecía una sentencia titulada “Un minuto de Filosofía”. Lo rememora así:

“En esto de la Filosofía, inexplicablemente, me he ido ganando la vida; pero la cabeza no me ha dado para mucho y he tenido que conformarme con minutos de filosofía. Filósofo al minuto (como otros han sido fotógrafos al minuto).

Y de este modo, cuando fui secretario de la Escuela de Magisterio, por hacer gala del oficio, terminaba mis comunicaciones con “Un minuto de Filosofía” Eran tiempos de jóvenes ambiciosos y trepadores incansables y se me ocurrió advertir, como si fuera una cita:

“No trepes tan deprisa, hijo, que la arboleda es breve”
CHITA, Educando a Tarzán.

Me gustó la cosa y decidí tirar por ese camino porque si la educación había estado siempre en manos de humanos y nos había ido de este modo, a lo mejor la solución era que nos educara Chita, que parece que había tenido éxito con Tarzán“.

Y de esta forma fue como empezó con esta serie de didáctica simia y humana tan seria y tan poco seria al mismo tiempo, en la que, como en sus relatos y micro-relatos, brillan la ironía y el humor socarrón de este filósofo y profesor que hasta entonces había rechazado “escribir columnas”. Pero que aceptó el encargo de escribir una, desde el principio, en el periódico La Nueva Crónica, en solidaridad con los trabajadores del desaparecido diario La Crónica de León (un puñado de los cuales pasaron a engrosar la plantilla del nuevo periódico surgido de sus cenizas). Así se lo ha contado Flecha a uno de ellos, el periodistaFulgencio Fernández, el tío Ful:

“Los periodistas son una especie muy rara. Hablan siempre de los problemas de los otros y nunca de los propios. Están con los mineros, con los ganaderos, con el ruso que toca el acordeón y con todo aquel que parezca tener algún problema. Cierra un períodico, echan a 12 periodistas y nadie se entera.

Fui testigo de las penurias de aquellos trabajadores de La Crónica que estuvieron más de un año sin cobrar y seguían en el andamio hasta que se apagó la última luz, como si lo hicieran por vicio y no por llevar el pan a casa.

Y me juré apoyar en lo que pudiera. Y por eso me subí al andamio (por lo menos hasta que la criatura dejara el chupete). Echó a andar deprisa y sin “tacatá” y vi que las secciones de opinión estaban inmejorablemente cubiertas por maestros admirables. Asi que colgué el mono y el casco y “me volví a mi canción”.

¿Qué vendrá después? El profesor Flecha —que se define a sí mismo como “un paisano cualquiera en un mundo cualquiera al que le gusta, sobre todo, contar y fabular, que todo lo demás son cuentos”— no lo sabe aún, pero por si acaso ya dice que “este librito no es un libro cualquiera. Son mis obras completas”. Y sus minutos de filosofía singular.

De momento, sigue guardando la melancolía “en la cajita de melancolar” y continúa volcando la alegría que le caracteriza en esos pequeños relatos en los que, de alguna manera, también se respira el espíritu de su viejo y querido y desaparecido amigo Antonio Pereira.

Declaración de intenciones (Francisco Flecha Andrés)

Sostenía Pereira, el nuestro, nuestro Pereira, que él comenzó a escribir para hacerse querer por las chicas forasteras. Y sospecho que quería decir (bien dicho, como solía) que en esto de escribir hay siempre un poco de vanidad, un punto de exhibicionismo, algo de un no reconocido galanteo.

Pues bien, yo también creo que es así. Que a mí, también, sin ir más lejos, me gustaría hacerme querer por forasteras, lugareñas, agentes de cambio y bolsa, funcionarios de correos y por cualquiera que ande por la calle.

Pero el tiempo y la vida nos limita hasta en la cosa esta de la vanidad. Que a una edad como la mía, aún cuando empiezas a hacerte transparente e invisible para el mundo, se sigue cultivando, aunque inútilmente, tantas veces. Pero, a pesar de todo, seguimos insistiendo. Con la única condición de que la vanidad no requiera ser abonada con trabajo.

Por eso he dudado tanto (y sigo dudando todavía) si debería comenzar en este oficio del columnar, nuevo y desconocido para mí. Que resulta mucho trajín el tener que ser ocurrente a plazo fijo y en un espacio tasado, por más inri (2700 caracteres con espacios). En estos tiempos de los Haikus, los microrrelatos y 140 caracteres para el twitter, 2700 caracteres se me antojan algo tan largo como el Génesis.

Pero hay algo que ha inclinado la balanza a la hora de aceptar: que me da vergüenza lamentarme de la pérdida cuando un periódico cierra y amigos queridos y entrañables se quedan sin su pan. Que prefiero apoyar cuando la cosa empieza y todo es riesgo e ilusión. Si va bien, suyo será el mérito, de aquellos que aran estos campos a diario. Y si se hundiera, que no quiero, prefiero irme al fondo con la marinería en vez de verlo todo desde el puerto, con las manos en el bolso.

Por eso estoy aquí.   Que lo sepáis.

Pero uno es lo que es (y a mucha honra), un viejo profesor. Que hay quien nos mete en un cajón titulado “extraños sociológicos”. Porque dicen que hablamos siempre en nombre de un ausente.

Como los curas, los guardias o los jueces.

Así que, por seguir los viejos trucos y martingalas del oficio, optaré, que quede claro, por transcribir las enseñanzas y opiniones de Chita, la mona que aceptó en su día (y en ello sigue, todavía) la dura empresa de enseñarle a Tarzán, aquel cachorro de mono pelón y un poco torpe, a convertirse en un mono hecho y derecho, a pesar de las taras, limitaciones y torpezas heredadas de la raza de los hombres.

Eso voy a hacer. A ver qué sale.