Relatos, anécdotas y experiencias diversas rellenan la vida de un cantaor tocado por la divinidad y diferente en todos los sentidos

Jerez de la Frontera – diariodejerez.es – 7 ENE 2014

“No le damos importancia a lo que tenemos hasta que se pierde”. Lo sabía bien Juan Moneo Lara, por eso vivía al día, al límite, el mañana quedaba muy lejos y el presente era su única realidad. Él mismo dictaba sus leyes, sin rendir cuentas a nadie y sin importarle lo más mínimo el qué dirán. Era El Torta, un espécimen único: “No soy ni mejor ni peor, soy diferente”.

Como persona
Juan Moneo Lara nació en Jerez un 4 de septiembre de 1953. Su apodo ‘El Torta’, según cuenta en más de una entrevista, se debió “a un guardia civil que había en la calle Empedrada que le decían el Sargento Torta y daba hostias por un tubo. De chico me decían, ‘anda niño que eres más malo que el Sargento Torta, y se me quedó pa to la via”. De él todos destacan por encima de todo su generosidad, su bondad y su lealtad hacia las personas que le transmitían confianza, era capaz de dar todo lo suyo y quedarse sin nada. Joaquín Padillo, su terapeuta durante años, lo compara con el Apóstol Pablo “se acostumbraba de la misma forma a vivir en la abundancia y en la escasez”.
Juan Moneo 'El Torta'

Juan Moneo ‘El Torta’ – Foto de rolligstone.es

Juan no escondía su dura juventud, cuando incluso fue preso “por no hacer daño a nadie ni por ratero.  Antiguamente la justicia hacía contigo lo que le daba la gana, sólo por no ser un chivato”. Sin embargo, siempre sacaba la parte positiva de las cosas defendiendo que todo ello “me ha hecho cantar mejor. El sufrir me ha desarrollado los sentidos”.
Aquel “niño con cuerpo de hombre” que todos mientan “porque era muy fácil convencerle”, dice Capullo, tenía una personalidad abrumadora, un espíritu indomable, anárquico e incontrolable. Era un ser libre, y las ataduras le complicaban la existencia. Nunca pensó en el porvenir. Cuentan que la única vez que logró ahorrar dinero fue cuando estuvo dentro del programa de rehabilitación y su tutor le controlaba todo el dinero. “Estaba deseando parar después de una actuación para comprar cupones, pero no uno, la ristra entera, o para comprar a su hijo ‘un regalito’, como decía él. Vivía como si fuese a morirse mañana”, relata Paco Lara.
Era Juan Moneo, “analfabeto”, como él reconocía, pero licenciado en mundología o en la psicología de la vida y con un gran corazón. “Es el único que se acuerda de mi hijo cada vez que se sube a cantar”, destacaba María Barca, la madre del desaparecido Luis de la Pica y por el que Juan sentía auténtica devoción en todos los sentidos.
Juan, el artista
Para Juan, el cantaor nacía: “El cantar no se aprende, se puede mejorar la sabiduría si has nacido con él, pero  no se puede aprender”. Y rechazaba cualquier calificación de artista: “Nunca he sabido cantar,  lo que hago es transmitir”.  Detrás de todo ello había un ser tímido que odiaba subirse a un escenario. “El cante debe ser libre y sin dinero. Me gusta subir al escenario cuando quiero y a mi manera, si no me siento como un mono. Pero eso no puede ser”, contaba en una entrevista a Jesús Quintero en Canal Sur.
Fue Manolito Jero, quien tras escucharlo, le llevó por primera vez, cuando apenas tenía 18 años,  a los ‘Cuatro Muleros’ en Jerez junto con Periquín. Allí ganó sus primeros 25 duros y fue el primer paso para una carrera artística cargada de altibajos y que combinó la gloria con el infierno.
Su espíritu salvaje hacía difícil encasillarle cada vez que subía a un escenario. “Ya podías ensayar con él todo lo que quisieras que al final, cuando subía al escenario hacía las cosas a su forma. Era imprevisible”, destaca Carlos Sánchez, gerente de SóloxArte, con quien Juan trabajó bastante en los últimos años.
Sus continuas salidas de tono, sobre todo en muchos festivales, hizo que más de un responsable de cultura le obligase a firmar cláusulas penalizadoras. Si no llegaba a a su hora y en condiciones sufría una reducción en el caché de al menos un 40%.
Pese a todo, Juan era Juan, capaz de lo mejor y de lo peor, pero como dicen sus buenos seguidores: “En cualquier momento puede saltar la chispa y pegarte el pellizcazo”.
Capaz de dominar a su antojo cualquier palo, el Torta ha sido y será dueño de la bulería, a la que calificaba como “el palo más difícil que hay, el compás y el ritmo se lleva en los genes y ahí es cuando la caga todo el mundo”, recordaba en el programa ‘Flamenco Abierto’ de Onda Jerez emitido hace ya 13 años.  No obstante, las condiciones naturales de Juan le hacían ser un cantaor completísimo, que arañaba con la misma firmeza en los tangos, que en las alegrías, por no hablar de la malagueña, soleá, seguiriyas o tarantos.
Pese a los “muchos aterrizajes, muchas paradas y muchas estaciones”, como aseguraba, mantenía su caché llegando a percibir suculentas cantidades de dinero en los festivales grandes. Sin embargo, su capacidad para derrochar le obligaba en muchas ocasiones a tener que cantar en lugares insólitos (además cobrando poquísimo) para un artista de su nivel.
La revista Vanity Fair describía tras su paso por el homenaje a Moraíto en Madrid la figura de El Torta “el mejor ejemplo del flamenco más salvaje. Del flamenco de noche y juerga. Del vaso siempre lleno. Del olor a humo. De los vicios. Pasional, iracundo, genuino. También del flamenco más puro, de los cantes enraizados, de las tradiciones. Dice que es más de inspiración. Poco de estudio y ensayo. Que le está llegando el momento de sujetarse. De meterse en casa y vigilar con quién anda. Que se mantiene a regañadientes. Que tiene un niño  y una casa de alquiler en Sanlúcar de Barrameda. Y que quiere que su hijo estudie. ‘Para que sepa donde está, porque si no el mundo te absorbe'”.
La droga
Uno de los mayores lastres en la vida de Juan Moneo fueron sus continuos coqueteos con la droga. Llegó a  ser un toxicómano en aquella década de los noventa en los que la heroína, a la que tanto cantó, entró en su vida. Alcanzó una situación límite, como descubría uno de sus tutores en Brote de Vida: “LLegó abandonado, físicamente estaba fatal y psicológicamente peor, vino rechazado por todos”.  Su primer contacto con un centro de rehabilitación se produjo en 2001. Entre Las Tablas y Brote de Vida estuvo  más de un año con terapia superándola con éxito. Juan se refugió en la comunidad y sobre todo en Dios. Así lo reconocía el 16 de junio en una entrevista en Diario de Jerez: “Dios me ha abierto los ojos, he dejado a un hombre viejo y enfermo para recuperar a otro con mucha vida”.
Su reaparición, una de las tantas, llegó el 10 de junio de 2002 en la Peña Antonio Chacón. El titular de este Diario lo decía todo: “El Torta reaparece y maravilla con su arte en Antonio Chacón”. Fueron los prolegómenos de su excepcional paso por la Fiesta de la Bulería el 15 de septiembre. ‘Y el Torta resucitó’ recogía la crónica de Diario de Jerez.
Serían los mejores años y más productivos de Juan, con actuaciones por toda España aunque siempre acompañado de un terapeuta. Cuenta Joaquín Padillo que “recorrimos medio país y me llamaba la atención cómo lo querían por todos los sitios por donde pasábamos, ya fuesen pueblos o ciudades”.
Pero tras abandonar la terapia, recayó, aunque no de un modo tan notable como en su primera etapa. Como reconocía en otra entrevista a Canal Sur, “la droga está ahí y nunca se le puede bajar la guardia. La droga una vez que te coge no tiene pare y te puede mandar a la cárcel, al hospital y a la muerte. Soy un hijo del agobio, como dice Triana”.
El de La Plazuela volvió a terapia entre 2005 y 2007. Ese mismo año, en noviembre, lanzó su segundo disco reapareciendo nuevamente con las pilas cargadas. Retirado en la sierra de Cercedilla en Madrid, un lugar en el que según él “hay más plantas que en el Tempul”, decía, su vuelta le inspiraba respeto: “Porque el cante es como los toros y por mucho arte que uno tenga, si el toro sale malo… Como mucho le puedes sacar un capotazo”.
Como en anteriores ocasiones, al cabo del tiempo sus coqueteos reaparecían, quizás con drogas más actuales como la cocaína, y sobre todo con el alcohol y el tabaco, con los que abusó en su última época teniendo en cuenta su delicada salud de años de desenfreno. Su delicada salud hizo que el pasado agosto volviese a Las Tablas, pero no completó su terapia.
Las letras/La discografía
“Me gusta escribir mis cosas”, aludía una y otra vez cuando se le preguntaba por su enorme capacidad creadora. A lo largo de su dilatada trayectoria, El Torta engrandeció su figura gracias a la transmisión de su cante y sus letras. Muchas de ellas pasarán a la historia como en su día lo hicieron otros grandes artistas.
“Tengo muchas letras mías porque no me gusta meterme en jardines de nadie. Son letras que he estudiado, sufrido y trasnochado. Van con mi vida”, decía en una entrevista en Diario de Sevilla en 2012.  Así nacieron muchos de los temas que compusieron su discografía, principalmente en ‘Al compás de un nuevo alba’ (1984); ‘Luna Mora’ (Dro East West, 1989-2002), donde se percibe la mano de Pepe de Lucía, ‘Colores Morenos’ (Audivis Ethnic, 1994) y ‘Momentos’ (Juglar Recordings, 2007). ‘Abrázame’, ‘Iré con el alba’, ‘Momentos solo’, ‘Viaje al cielo’, ‘La heroína’ forman ya parte de la memoria de sus incondicionales y de la historia del flamenco. Pero junto a esos temas aparecen otros compuestos por Rafael Lorente, en quien se apoyó mucho Juan, y que amoldaba cada uno de sus versos a la personalidad del cantaor (muchos de ellos sin grabar, como el homenaje a Rafael de Paula, pero que Juan usaba mucho en sus repertorios).
De cualquier forma, Juan tenía una virtud, su extraordinaria facilidad para memorizar letras. Era capaz de no repetir ninguna en una actuación y de plantarles cara, siempre a su modo, a muchas de Camarón o Luis de la Pica, por decir algunos.
No tenía miedo a innovar, y pese a defender lo puro, su espíritu adelantado le permitía meterse de lleno en otros mundos. “Hay quien canta lo que sabe y quien sabe lo que canta, y yo sé lo que canto”, confesaba en una última entrevista a un freelance italiano. Quizás por ese pensamiento, “toda la música, sea donde sea, si es buena, para mí vale”,  le había  hecho abrir su mente a grupos como Pink Floyd, Michael Jackson, BB King o los Chichos.
Durante su vida, Juan cantó a Dios, con aquel ‘vamos a ayudarnos/vamos a querernos/para que este mundo no sea un infierno…’; o la versión que hizo del tema del grupo Alabastro, liderado por el cantaor Paco El Gasolina, y que atendía al título de ‘Quisiera ser de barro’.
Colaboraciones en el disco Matajare del también desaparecido Migue Benítez, fan incondicional del plazuelero, o el futuro proyecto de Mixtolobo (que ha quedado a medias), componían otra parte de su atrevimiento. Hasta su propio homenaje al Xerez CD cuando ascendió, con letras de Jesús Agarrado en un tema titulado ‘Se lo merece’.
Sus últimos días
“Voy a parar si no vais a tener que llamar al 061”. Así se dirigía Juan al público en una de sus últimas apariciones, concretamente el día 21 de diciembre en Torremolinos. No sabía dosificarse y en esta última etapa sufría bastante después de hacer el tercer palo.
Antes, el 16 de diciembre, El Torta daba muestras de su magia en Santa Coloma de Gramanet, con un recital de 60 minutos que logró poner, como hizo en la pasada Fiesta de la Bulería, al público en pie.
El día antes de su adiós, al cantaor se le dejó ver por un conocido bar de copas, el Iroko, donde había acudido a una fiesta particular junto con Paco Lara. Cobró 200 euros pero levantó el vello a más de uno con su clásico ‘Abrázame’ o alguna que otra letra por Navidad. Juan tenía incluso cerrado una nueva actuación, fijada para el mismo día 31, y por la que iba a cobrar 2.000 euros. El propio anfitrión de la misma le había regalado previamente un queso y un jamón.  Pero Juan, como dice su propia letra buscó ‘un nuevo mundo donde me pueda quedar’, porque ‘para vivir como estoy viviendo, prefiero morir’.