Tras años de recesión, la economía estadounidense está de nuevo en pie con cincuenta y ocho meses seguidos de crecimiento del empleo, el paro en una tasa del 5,6 % y el mayor crecimiento en el tercer trimestre desde hace una década

Madrid – 26 ENE 2016 – James Costos

Por cierto, muchos factores han contribuido a que se produjera un giro tan llamativo, pero destaca uno que ha contribuido a esta impresionante tendencia, la aparición de la economía colaborativa.

Si bien no existe una definición oficial del término “economía colaborativa“, generalmente se entiende por el intercambio de mercancías, bienes y servicios a través de una plataforma tecnológica que facilita el contacto directo entre compradores y vendedores individuales, los “colaboradores”.  Ofrecer a alguien un traslado en coche, dar un pequeño préstamo a un emprendedor en ciernes, alquilar el dormitorio que no se utiliza a un viajero de paso, ofrecer tu aparcamiento durante el día a alguien que trabaja en la zona, o realizar para alguien las tareas del hogar.  Todas son actividades económicas cuya realización ahora puede facilitarse a través de plataformas tecnológicas que permiten conectar rápida y fácilmente, y con seguridad, a los que tienen una necesidad con los que pueden satisfacerla.  Además, el consumidor es el inductor, y por tanto son soluciones muy atractivas para los usuarios que buscan un servicio centrado en el consumidor.

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Las plataformas de colaboración como Buy Owner, Park Cerca, Airbnb, eBay, Lyft, Kickstarter, Uber, y otros, están revolucionando literalmente el comercio tal y como lo conocemos.  La mayoría de los expertos coinciden en que la proliferación de estas aplicaciones ofrece enormes beneficios al consumidor.  Para los que desean compartir sus bienes o servicios, desde micro empresas que buscan financiación o clientes, a estudiantes que necesitan un horario de trabajo flexible, hasta el pensionista que quiere aumentar sus ingresos, estas plataformas ofrecen enormes oportunidades porque son flexibles, de fácil uso, bajas en coste y en barreras de entrada, pueden ser gestionadas individualmente, y enlazan eficazmente a los ofertantes con los clientes.

Por tanto, dado el enorme potencial, no sorprende que en 2013 ya hubiera unos 80 millones de colaboradores en Estados Unidos.  Esta es un cifra que lo comprende todo, desde el ama de casa que vende la ropa que ya no usa (cual rastrillo virtual), al jubilado que alquila un dormitorio en su casa a un viajero, hasta al estudiante de posgrado que pinta casas los fines de semana.  En su conjunto, estos colaboradores generaron ingresos de unos 3.500 millones de euros en Estados Unidos en 2013, un aumento de más del 25% sobre el año anterior.  Mundialmente, se calcula que de los 15.000 millones de euros de ingresos aproximados actuales se pasará a la increíble cifra aproximada de unos 335.000 millones de euros de aquí a 2025.  Los inversores ya se han percatado de esta tendencia: la inversión por parte de empresas de capital riesgo en tecnologías colaborativas llegó a los 17.000 millones de euros en 117 empresas en 2013, cifra muy superior a los 500 millones de euros que se invirtieron en 78 empresas en 2012.

El lanzamiento de estas plataformas de economía colaborativa no está exento de polémica.  ¿Existen inconvenientes?  Por supuesto que sí.  La naturaleza de estas industrias requiere una mano de obra flexible, lo que quiere decir que no hay garantías, ni horarios, ni ingresos fijos, ni prestaciones tradicionales.  Los ofertantes de los servicios han de absorber el riesgo empresarial y asumir gran parte de las responsabilidades del empleador tradicional.  No todas las plataformas permiten que el ofertante controle los precios o las tarifas cobradas, ya que son determinados por el mercado.  Si bien muchos entienden el hecho de que algunas de estas empresas dependen de las opiniones de los clientes como garantía de calidad de servicio, otros consideran que su propia naturaleza fluida las hace demasiado difíciles de controlar.  En todo el mundo, incluido Estados Unidos, las autoridades locales, regionales y nacionales están intentando encontrar un buen equilibrio entre la regulación y la innovación.

Las ideas que sustentan estos modelos de negocio son transformadoras, y es natural que la transición desde un modelo establecido a una idea completamente nueva cause trastornos, es   lo que trae la evolución.  En el último siglo, cuando los automóviles empezaron a reemplazar al coche de caballos en las ciudades de todo el mundo, las empresas de transporte tradicionales protestaron enérgicamente y pusieron demandas legales.  Sin embargo, al final el progreso siguió adelante, el mercado se impuso y los consumidores triunfaron.

Quiero dejar claro que no estoy abogando a favor de ninguna empresa concreta, solo afirmando que la revolución tecnológica de la economía colaborativa ofrece enormes beneficios tanto a los ofertantes, al generarles ingresos, como a los consumidores, al mejorar precios, calidad y opciones.  ¿Debe poder un trabajador de la construcción que no ha encontrado trabajo desde hace meses alquilar su apartamento en la playa a turistas para poder llegar a fin de mes?  ¿Debe un ama de casa poder utilizar el automóvil familiar para transportar a turistas de aquí para allá, aumentando así los ingresos familiares a la vez que mantiene un horario flexible para atender a sus hijos?  España podría abrir un sano debate sobre estas cuestiones y contemplar maneras de poder canalizar oportunidades económicas individuales, garantizando a la vez que el respeto a las leyes y el pago de los impuestos.

Nada en el mundo está exento de riesgo, especialmente en el ámbito de la empresa y del comercio, y en todo el globo terráqueo los trabajadores han decidido que los beneficios de la economía colaborativa superan con creces los riesgos.  Tendría sentido que España considerara la forma de poder participar también y compartir esta riqueza.

James Costos es Embajador de Estados Unidos en España