¿Para qué escribo un diario? ¿Por qué? Quizá ahora podría explicarlo: para reproducir el instante en que la luna brillante de este Jueves Santo se eleva en la noche clara y sin viento, y, en la habitación, la música lleva de un lado a otro un polvillo de emociones y recuerdos. Por Avelino Fierro

León – 9 ABR 2015 – Avelino Fierro (Tam Tam Press)

Para dejarlo fijado aquí, creyendo que la escritura puede copiar la realidad, ser un espejo de este momento, de esta luz incierta, de esta leve melancolía. Para sorprender la verdad de este fragmento de vida. Para detener el tiempo.

Para coleccionar destellos de los días pasados; para desprender alguna pepita de oro de entre la informe ganga mineral de las horas iguales, del zumbido inexorable que produce el aleteo de los pájaros negros, de las noches que se ciernen.

Por eso quiero recordar el viento frío en los campos de Palencia, mientras contemplábamos los muros de la iglesia visigótica y tratábamos de imaginar el tiempo y la vida de los hombres de la Edad Oscura, la servidumbre de los glebae adscripti. Lugares y palabras antiguas nos acompañaban. También un cielo que parecía difícil de describir. Y la ancha llanura salpicada por algún cerro. Una llanura casi desesperante, de la que el ventarrón había ahuyentado a los pájaros.

 Ilustración de Avelino Fierro

Ilustración de Avelino Fierro.

Recordé el pequeño poema de Fermín Herrero en el que también gime el viento, tachonado de palabras que anoté: bardera de nubes, rebollares, tesos y roturos, tolmo, currucas, torzuelos, uñagatas… Sigue el viento, sigue soplando en estas soledades, el viento agudo y puro como el de la elegía garcilasiana.

Escribo un diario para describir ese momento de hace unos días, en que la temperatura cambió bruscamente y todo, cielo, palomas y tejados, dejaron de estar ateridos. Y cómo también llegó aquella luz distinta sobre los cristales de las casas altas y un rosa diferente sobre las lomas, momentos antes del anochecer. Aquella luz que se perdió entre las sombras, como una respiración, y un olor un poco más denso que vasodilataba las venas, el hierro de los edificios y la piedra de las calles, y todo lo iba esponjando. Como un incienso. Como un silencio indeciso. Como un deseo tórpido que tantea unos labios.

Escribir sobre esas horas pasadas en compañía de Galano y Marta, y de cómo él ha estado enviando imágenes de árboles escuálidos, ramas tristes de los parques de alguna ciudad de Hungría, en la que ha estado pintando sus últimos cuadros. Esa manera “atmosférica”, como él nombra a sus pinturas. Esas sutiles variaciones de la naturaleza entre la niebla, o en esa calma que se adelanta en el aire antes de que comience la nieve. Como en el soneto de Cavalcanti, “aira serena quand’appar l’albore / e bianca neve scender senza venti”.

Escribir sobre esas frases —casi siempre versos— que se resisten a desaparecer y siguen gimiendo a pesar del paso de los días, o titilando como estrellas lejanas. Como esa de Muñoz Molina, “sin inspiración queda el exhibicionismo de la técnica”. Y cómo, días después, hallé otra en una pequeña antología de prosas de Robert Frost sobre la fe literaria que me hizo recordarla: “Cada vez que se escribe un poema, cada vez que se escribe un cuento, se escribe no con astucia sino con fe. La belleza, el algo, el pequeño encanto de lo que llegará a ser, es más sentido que sabido”. Hay una tercera, que anoté en un papelito, y no sé por qué ejerce una extraña seducción. Se ha quedado huérfana, solitaria; está tomada de un texto más amplio, que ahora no encuentro, perdido entre las revistas de las últimas semanas. Estaba en una entrevista a Marta Sanz. Ahí está, tañendo, como un verso nada anodino, casi como una declaración de guerra: “Esa reivindicación de la ‘verdad’ de la que habla Badiou”.

Escribir sobre esa noche en el “Retrovisor”, con Marta, María y Noelia. Y Gabriel. Y las músicas desdibujadas de Fibonacci.

Escribir sobre la voz de Mar dando noticia, al poco de abrir el periódico, de la muerte de Tranströmer. Y cómo recordé en aquel instante, de entre tantos poemas, aquellos dos en los que el poeta conduce su coche. En uno de ellos, en medio del temporal de lluvia, siente cómo el humo se hunde en las chimeneas, cómo todo lo vivo se acurruca y cierra los ojos. Y en el segundo, en un libro distinto, en el que habla de un accidente, de cómo el coche resbala en el hielo de los campos de Östgötland, y de “un terror transparente que fluyó como clara de huevo”.

Con una carta suya o con uno de sus poemas, no recuerdo bien, empecé a escribir estos diarios. Y desde entonces está cerca, diciéndome que hay estelas como lívidas cicatrices, o que en la parte protegida del viento se puede oír crecer la hierba, un tenue tamborileo que asciende, un tenue estruendo de millones de pequeñas llamas de gas. Y que la belleza, uno alcanza a verla fugazmente de perfil.

Yo he sentido gracias a él, de la misma manera que lo describe Christian Bobin, cómo un poema viene a aletear a la altura de mis ojos, me da de comer con su pico y después se va, recuperado por la oscuridad de donde salía, de donde él saca su alimento. También de este autor francés envidié una frase, una sensación que yo he sentido tanto y no he sabido poner en palabras: “No me muevo, mantengo los ojos cerrados y escucho el rumor del mundo por la ventana entreabierta. A lo lejos, pasan unos coches. Cuando llueve, el aire que desplazan hace el ruido de la seda cuando se rasga lentamente”. Esa búsqueda de la expresión necesaria, memorable, ensamblada, le mot juste.

Escribir sobre Libertad leyendo absorta un libro de cuentos. Algunas veces lo hace en voz alta para que yo lo sienta. Esa manera de descubrir y nombrar el mundo, esas palabras y sílabas entrecortadas, son como una música primigenia, difícil y hermosa.

Escribir un diario para apurar este tiempo que calla y huye; para notar que los sueños se posan en mis ojos; para no sentir el miedo del futuro; para que mis pies se mojen en la espuma de los días; para sentirme a veces feliz; para transitar un poco más atento por este mes de abril; para refugiarme, sentirme protegido, ovillarme, buscar un lugar más mío, un cobijo; para hacer que cuando salga de esta habitación en penumbra llena de libros y bañada por la luz fría de la luna, quede temblando una luciérnaga, una lucecita azul como esa que protege el sueño de los niños; para que en ella quede habitando un poco el amor.