Bob Dylan se arriesga con el cancionero de Frank Sinatra, y lo hace con la decisión de llevarlo hasta un terreno más personal, donde impone a dichos temas unas formas más áridas y otoñales

León – 19 FEB 2015 – Kepa Arbiu

No es una tarea fácil intentar descifrar la relevancia que puede tener opinar sobre un nuevo disco de Bob Dylan dada su condición de mito viviente de la música popular. Quizás pocas palabras puedan ser significativas respecto al trabajo del bardo de Minnesota salvo dejar claro que su producción artística es de tal calibre y relevancia que puede hacer lo que quiera y como quiera que nada perturbará la visión sobre su figura, al margen de la mayor o menor importancia que cada uno en su intimidad le otorgue a cualquiera de sus nuevas aventuras.

Asumida esa categorización de “intocable”, lo que no significa para nada que no se deba entrar en cada una de sus grabaciones sin complejos a la hora de opinar libremente sobre ella, en su nuevo disco lo pone todavía más difícil al añadir a la ecuación a otro de los habitante del olimpo musical, Frank Sinatra. “Shadows in the Night” es precisamente eso, la mirada personal de Zimmerman sobre unos “standars” americanos que sonaron en las cuerdas de “La Voz”.

Portada de “Shadows in the Night”, Bob Dylan.

Portada de “Shadows in the Night”, Bob Dylan.

Evidentemente tratándose de quien se trata no estamos ante una pretensión tan obvia como realizar versiones o transformaciones de esas canciones. De hecho el disco tiene una unidad evidente, y casi todos los temas siguen unas coordenadas pensadas para marcar un rumbo muy definido del álbum. Por una parte está la conocida admiración de Dylan por Sinatra, y por extensión de esas formas de “crooner”, un deje que además en sus últimos trabajos cada vez está más presente, pero a la vez la necesidad de adaptar esas maneras a una visión personal y marcarlas bajo su propio estilo. No es casualidad por lo tanto que este trabajo haya sido registrado en los Capitol Studios, lugar de muchas de las grabaciones del de Nueva Jersey.

“Shadows in the Night” a la larga por lo que opta es por llevar esos temas, casi siempre basados en buscar la majestuosidad y ampulosidad, muchas veces apoyadas en nítidas y rotundas secciones de cuerdas, a un terreno más agreste, más polvoriento, para lo que prescindirá por norma general de esas ornamentaciones en detrimento de la guitarra “pedal steel”, interpretada con maestría por Donnie Herron. En ese sentido ahí están como ejemplos más representativos “I’m a Fool to Want You”, la convertida todavía en más sombría “Autumn Leaves”, la bella “Full Moon and Empty Arms” o “What’ll I Do”, que pone el énfasis en un tono más romántico, aunque sin abandonar ese aspecto otoñal característico.

De los temas mencionados, y en general del disco, se pueden sacar otras sensaciones también obvias y que siguen conformando la propia personalidad del álbum más allá de una elección de “covers”. Hablamos del cambio o diferenciación en su forma de cantar respecto a lo que nos tiene acostumbrado en la actualidad Dylan. Para la ocasión suena mucho menos rugoso y arrastrado, y a pesar de lleva las canciones a una ambientación más crepuscular y árida, mantienen ese esqueleto melódico tan típico de estas composiciones. Precisamente en temas como “The Night We Called It a Day” persisten, aunque situándolas en un terreno menos grandioso, las cuerdas y su voz se manifiesta entrecortada y rota en ocasiones en los intentos por mantener los tonos altos.

En “Why Try to Change Me Now” sí nos toparemos con un Dylan algo más reconocible a la hora de frasear e interpretar más arrastrado y turbio. Algo que es todo un acierto en “That Lucky Old Sun”, que con esa sensación melodramática nos trae a la mente la espectacular versión que hiciera Johnny Cash en las American Recordings, aunque en esta ocasión retratada de manera más sobria. En la preciosa “Stay with Me” transforma esa forma más “hollywoodense” interpretada por Sinatra en una épica más acorde a los pasajes de Mark Twain.

No tiene que tomarse como ninguna aberración decir que este “Shadows in the Night” no sólo no pasará a la historia en la carrera de Dylan sino que nunca estará entre sus discos esenciales (que no son pocos), pero una vez que cae en nuestras manos la verdad es que es imposible ignorar que tiene un poso y una entidad remarcable que le aleja de ser un mero artefacto de versiones. La manera de alterar el suelo sonoro sobre el que se manejan estos “standars”, sin llegar a desfigurarlos, para llevarlos a un lugar mucho más árido, representativo de la música tradicional norteamericana, y en concreto del folk-country, es un logro que hay que apreciar y reconocerlo, eso sí, en su justa medida.