Diez años ha tardado Manuel Olveira en escribir su primera novela, Todo el tiempo del mundo, editada por Los libros de Rocamadour

León – 10 FEB 2015 – tamtampress

Un libro que, según el autor, entronca con el modelo de Bildungsroman o novela de formación que apareció con Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister de Goethe. “Todo el tiempo del mundo narra la educación emocional que le permitirá al protagonista ir entendiendo la/su vida a través de la/su relación con otros hombres. Cada capítulo del libro se corresponde con cada uno de ellos (mi padre, el padre, el mensajero, el vaquero, el indio y el héroe) y es a través de ellos cómo el protagonista va contando y recontando su historia. Con cada uno descubre un perfil del mundo, una etapa de la vida y un estado de sí mismo”, señala Olveira.

En el primer capítulo, por ejemplo, su padre le cuenta una fábula de Esopo en la que Zeus, cuando creó al hombre, le otorgó un número limitado de años de vida, pero como era ingenioso construyó una casa para resguardarse del frío y permitió que otros animales entrasen en ella con la condición de que cada uno le cediese parte de sus años de vida. Así, el hombre, cuando vive los años que Zeus le dio, se comporta como un niño, cuando vive los años del caballo es fuerte e impulsivo, cuando vive los de la zorra es sagaz, etc.

Manuel OIveira ante el MUSAC / Foto de Eloísa Otero

Manuel OIveira ante el MUSAC / Foto de Eloísa Otero

“Eso mismo es lo que cuenta la novela a lo largo de los siete capítulos (los seis mencionados más el último y el primero que no se sabe si son el final o el principio) en los que el protagonista comparte su vida con un hombre, aprende de y con él, entiende la vida (básicamente es un ser que no entiende el mundo en el que vive, un inadaptado o, como él mismo se califica, un mutante) y se entiende a sí mismo como si fuera desentrañando el sentido de la existencia”, apunta el autor.

En este viaje vital asociado a la vida de otros, el protagonista —cuyo nombre no llegaremos a conocer nunca— se pregunta si realmente existió y si la vida que cuenta ocurrió alguna vez. “En realidad el protagonista es como un merodeador de su propia vida: la cuenta y la recuenta una y otra vez —desde diferentes perspectivas, adoptando diferentes roles, cuestionando radicalmente su relación con la realidad y entregándose al mundo de los sueños y los cuentos—, pero siempre cayendo en la cuenta de que no conseguirá contarla. Es por ello que las metáforas del camino y de la caída se suceden continuamente, así como también las referencias al agua, que está presente en todo el libro, y a sus cambios de estado”.

El título de la novela, Todo el tiempo del mundo, “alude a la búsqueda del protagonista (ese niño que nunca deja de ser un niño fascinado por los cuentos) de una plenitud que le permita entenderse y entender el mundo; pero alude también a la circularidad de una historia que no comienza, y que por eso mismo nunca acaba porque se prolonga en la vida de los otros, en los hombres que le han acompañado, en las vidas de los otros que ha él vivido, en lo que los demás le han dado, incluso en el lector mismo a quien se interpela en singular y en plural en muchos momentos de la novela”.

Es además, a juicio del autor, una novela de construcción. “Está hecha de retazos de la cultura, de fragmentos del arte, de trozos de algo que alguna vez fue un todo, de referencias filosóficas más o menos explícitas. Algunas frases aparecen a modo de citas, pero otras alusiones no se explicitan con claridad. De hecho, todos los capítulos y las referencias de la novela están basados en libros, en películas o en obras de arte, aunque no se los cite explícitamente. La obra de Stern, Robert Gober, Bas Jan Ader, Felix Gonzalez-Torres, Francesc Ruiz o Dora García, por citar tan sólo algunos, aparece de una u otra forma en diversos lugares del relato”.

Y es que, en palabras de Olveira, “de la misma forma que el protagonista trata de entender su existencia contando y recontando los fragmentos de su vida y sus relaciones, con los fragmentos de nuestra cultura y con los trozos de los Grandes relatos modernos el escritor —con el mismo método con el que en su día Walter Benjamin construyó su Libro de los pasajes— trata de entender nuestro tiempo desde varios puntos de vista fragmentarios para, así, hacer un retrato furtivo del mundo en el que vivimos. Es verdaderamente una novela de construcción asentada en trozos, referencias y frases de otros, cascajos, materiales de derribo e innumerables restos de las mareas de todos los tiempos. Este magma de fragmentos y referencias hace que el tiempo en el que transcurre la novela sea un tiempo arcaico, mítico, fuera del propio tiempo, en el que se mezclan referencias a una aldea, trenes, leyes romanas, estatuas griegas, arte contemporáneo, la guerra de Irak, los incendios en Galicia en 2006, una gran cantidad de literatura y mucho arte”.

“Puesto que la historia que la novela anuncia que va a empezar realmente nunca empieza, lo que importa no es tanto lo que ocurre fuera cuanto lo que le ocurre al protagonista por dentro. La narración y las descripciones de lo que pasa en el mundo alrededor del protagonista y que a él tanto le afectan, en realidad narran lo que ocurre en su interior”.

“Si el protagonista es un error, una aberración o un mutante; si la narración o el cuento que se nos va a contar es una promesa insatisfecha que nunca se cumple ni se culmina; si la vida que vivimos es una existencia vicaria que ni elegimos ni nos pertenece; entonces Todo el tiempo del mundo es la historia de una pérdida (la de la plenitud moderna) y de un naufragio (el del sistema tal y como últimamente lo habíamos conocido). Es ciertamente la historia de los fracasados y los inadaptados de nuestro tiempo. Pero es también la historia de un empoderamiento (parafraseando de nuevo a Benjamin): el de los harapos y los desechos que alcanzan su derecho a existir y a ser empleados para hablar de la existencia imprevisible que, a la postre, es la verdadera existencia”.

Sobre el estilo de la novela, Olveira reconoce que “debe mucho a cierto tipo de literatura como El retrato del artista adolescente de Joyce, En busca del tiempo perdido de Proust, El guardián entre el centeno de Salinger, El viejo y el mar de Hemingway e Historias de Cronopios y de Famas de Cortázar; pero sobre todo bebe de los libros de algunas escritoras, como Ancho mar de los Sargazos de Rhys, Aprendizaje o el libro de los placeres de Lispector o Extracción de la piedra de la locura de Pizarnik“.

Sobre el autor

Manuel Olveira nació en Xuño (Porto do Son, Galicia). Es licenciado en Historia del Arte (Santiago de Compostela, 1987) y Bellas Artes (Barcelona,1994). Siempre ha trabajado en el mundo de las artes visuales: fue director del Centro de Producción y Residencias Artísticas Hangar (Barcelona, 2001-2005), del Centro Gallego de Arte Contemporánea, CGAC (Santiago de Compostela, 2004-2009), del Ágora, Centro Cultural para el progreso social (A Coruña, 2010-2011), desde 2013 lo es del Museo de Arte Contemporánea de Castilla y León, MUSAC. Su relación con la literatura ha sido constante, pero hasta ahora sus publicaciones —el proyecto editorial Complot (Ayuntamiento de Terrassa y Hangar, 2004), los libros de entrevistas que llevan por título Entre-vista (CGAC, 2008) y Conferencia performativa (MUSAC, 2014), entre otras— estuvieron centradas en el arte contemporáneo. Todo el tiempo del mundo, que comenzó a escribir en 2005 y que ve la luz tras 10 años, es su primera novela.

Datos prácticos:

Librería Cronopios. Rúa Alfredo Brañas 24, Santiago de Compostela.
Librería Formatos. Rúa Santiago Rey Fernández Latorre, 5, A Coruña.
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